El presidente Donald Trump se salió con la suya. El Senado aprobó 54 a 45 la designación de su elegido, Kevin Warsh, como nuevo chairman de la Fed. Lo hizo con el voto de la bancada republicana (y la adhesión solitaria del senador John Fetterman de Pensilvania desde el bando demócrata). Warsh fue confirmado justo a tiempo para tomar la posta de Jerome Powell, otro hombre seleccionado por el dedo de Trump (aunque pronto cayó en desgracia), quien se desempeñó al frente de la institución desde 2018 hasta el viernes último. Warsh presidirá la próxima reunión del comité de Mercado Abierto en junio. Los mercados descuentan que no habrá cambios en la política de tasas de interés. Trump piensa, seguramente, que sí. El presidente ansía un recorte de tasas (¿cuándo no?). No obstante, en las condiciones actuales, ni siquiera el Warsh más alineado podrá satisfacerlo. No hay quórum en el banco central para ir a contramano de la realidad de precios efervescentes que el propio Trump propulsó a partir de la guerra en Irán.

Warsh llega, pero Powell, su antecesor, no se va. Tiene mandato como gobernador hasta 2028 (y buenas razones legales para quedarse). Quien le hace el lugar a Warsh en la Junta de Gobernadores es Stephen Miran, un ex funcionario del Ejecutivo y el caballo de Troya que introdujo Trump en septiembre de 2025, luego de la renuncia inesperada de la gobernadora Adriana Kugler. Nunca se vio un caso así: Miran votó en disidencia constante, favoreciendo sin éxito, reunión tras reunión, alternativas de decisión siempre más relajadas que las que lograron consenso. Fue lo más parecido a un doble de cuerpo de Trump que pisó la institución. Aunque, nobleza obliga, nunca propuso bajar las tasas a 1% como el presidente en sus posteos en Truth Social.

La Fed se fortalecerá después de este enroque largo. Miran fue irrelevante. Warsh, que tiene otro bagaje de experiencia, no lo será. No puede decirse que habrá una Fed con dos presidentes. Warsh tomará el timón y propondrá la agenda. Powell no le disputará el mando ni tampoco el liderazgo. Visto desde afuera, el banco central es una institución que siempre adopta la postura que defiende su titular. Lo que no se ve, aunque en los últimos tiempos la transparencia creció mucho, es que existe un debate interno profundo. La discusión puede resultar muy diversa en sus presupuestos y conclusiones preliminares. Es la evolución de ese debate que el chairman moldea, y no el capricho personal o la mera imposición de autoridad, la fuente que nutre las definiciones de la institución. Allí se gestan las decisiones consensuadas, que se sancionan luego con muy pocas discrepancias ante la luz pública. Eso Miran no lo entendió nunca. O no le importó.

Warsh asume con un mayor seniority. Trae otra experiencia como banquero. Y, sobre todo, conoce el funcionamiento de la cocina interna por su anterior pasaje por la entidad, en los tiempos de Ben Bernanke y la crisis de Lehman. Si quiere liderar y tener predicamento propio deberá tejer la trama de la política monetaria en ese ovillo previo de opiniones con buenos argumentos, y su proverbial astucia. La sintonía con Trump le fue indispensable para volver a la Fed. Le será poco relevante a partir de su confirmación. Esa es, después de todo, la lección de Powell. Y, si se quiere, el reverso de la mala experiencia de Arthur Burns con el presidente Nixon en los años setenta del gran desborde inflacionario.

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